¿Por qué a mí?, ¿Quién me hizo todo esto?, ¿Quién se molesto en deshacerme la vida?, ¿Dios?, ¿El destino?

 

La verdad no lo sé y para ser sincero, nunca lo sabré.

 

Es medianoche. Sumerjo hasta los hombros en lo que parece ser una laguna carmesí. Difícilmente puedo mantener los ojos abiertos. Mi cuerpo pasó de ser mi amigo, a ser un enemigo. Ha dejado de responderme. Es extraño, pero hay una ausencia de dolor. Como si hubiese sido anestesiado. Un fuerte hormigueo transita por mis venas. Una marabunta que se desliza por mi cabeza y baja hasta mis pies. Algo me hace pensar que el agua está caliente aunque no lo puedo asegurar,  mi piel se ha negado a sentir.  A través de una pequeña y rayada ventana veo la ciudad. Aquella que me vio crecer; aquella que a pesar de parecer un gran monstruo, tiene su lado hermoso. Como si fuesen pequeñas luciernagas en el cielo, aún alcanzo a ver decenas de aviones dando su último viraje antes de tocar la pista en el aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

 

Pensamientos llueven en mi cabeza, parece una tormenta eléctrica. Me pregunto una y otra vez si es posible que siga con vida o simplemente me he convertido en un espectro estancado en la faz de la tierra. Siento que la vida me apuñaló por la espalda. El espejo que tengo en frente no sabe mentir. Mi palidez me asombra y el frío se apodera de mí. Lentamente disminuye la temperatura de mi manantial, mi laguna carmesí. Mis labios se amoratan con cada segundo que pasa. Tengo las pupilas dilatadas. Quiero dejar de sufrir, pero el maldito destino me tiene encadenado. Aún no es hora de partir.

 

He cambiado, sin duda no soy el mismo de antes. Para algunos me convertí en una simple anécdota, para muchos otros en un vago recuerdo. Pero por si fuera poco, la mayoría me enterró en el pasado, en el olvido. Lo que más me duele, es pensar que ella me borró de su memoria. Para ella deje de existir. Me torturo a mí mismo con preguntas que no tienen respuesta. Imagino que si no hay una vida eterna, si no existe aquel supuesto paraíso, estoy terminado. Nada queda, todo acabará pronto.

Lo único que me levanta el ánimo durante este suplicio, es pensar que ellos nunca me olvidaran. Fieles a morir. Quedan en verdad pocos como ellos. Sé que tengo un lugar en cada uno de sus corazones. “El cancerbero” me llamaban. Para ellos siempre fui el salvador, el guardián que protegió el arco a morir. Casi sin aliento y con mis ganas de vivir desbaratándose poco a poco, recuerdo a la barra.

 

Aquella barra que nunca para de alentar. La barra que nunca te deja atrás. La barra que convierte un gol en un carnaval. Les debo no solo mi carrera, les debo todo. Cada gota de mi esfuerzo siempre fue para ellos, su apoyo no tiene precio, no tiene comparación alguna. Algo paranormal. Pasión; pasión fuerte como el acero es lo único que tenían, lo único que les quedaba, su motivo para vivir. Me atormenta profundamente pensar que les fallé, me duele el saber que por mi culpa sufrieron, los hice quedar cabizbajos.

 

Tengo un poco de sueño, me da miedo irme, pero he decidido ser valiente y no echarme para atrás. Me arrastre al límite, el destino, en cambio, solo se encargo de mirar los sucesos sin poder detenerme. Fue mi decisión. La herida se ha convertido en una fuente, no deja de brotar.

 

Mis últimos anhelos, mis últimos suspiros, me permiten recordarla. Inmadura como un mango en abril y terca como una mula, pero eso sí, la única que me hacía sonreír, la única que podía cambiar mi carácter, cambiar mi vida. Cuerpo casi perfecto. Cintura moldeada casi por un Dios griego, cabello obscuro como el de una noche invernal, labios suaves y gruesos, simplemente besables. Nariz afilada y frágil; ojos que hablan por sí solos, profundos como el mar, mágicos, marinos. Un abdomen solido y hermoso, toda una artesanía. Su piel morena, su piel quemada, piel de fuego. Manos delicadas. Pechos redondos,  grandes pero bien colocados. No muy separados, pechos que parecen un par de frutos tropicales.

 

Pensar en ella me hacia el mejor de los 22 en el campo. Su presencia iluminaba mi mente. Mi niña, mi ángel, mi rayo de luz en este mundo abismal. Pero para que sigo con esto, el amor se terminó, la llama se extinguió.

 

Casi moribundo me encuentro ya. No existe el dolor físico pero hay algo que no deja de torturarme, ¿Por qué me dejó?, ¿Qué tiene ese imbécil que no tenga yo?

Autos deportivos, departamento de lujo en las Lomas. Fama, dinero, paparazis. Solo una cosa me faltaba, bueno, un par de cosas en realidad. Me pregunto día a día si era necesario. A los hinchas se que les dolió, porque para ellos dejaría de existir, pero ella no tenía porque dejarme en el olvido, solo me queda pensar que era una vil interesada, que no me amaba en realidad, ese amor sin medida que creí que existía era un simple efecto visual, un amor surrealista. Ese imbécil era un completo patán, un animal muerto de hambre. Me cuesta y me cuesta entender porque se fue con él pero solo la vida y nadie más conoce la verdad.

 

Como me haces daño mujer, sigo en este mundo y gracias a ti traidora, sigo sufriendo. Sigo siendo esclavo de su amor, prisionero de sus besos, de su irreal belleza.

Esta laguna carmesí está llena de celos, tan llena que está a punto de desbordarse. Pero le deseo lo mejor, que sea feliz, que tenga una casa, tres hijos como siempre quiso, que lo tenga todo en la vida excepto este macabro dolor que siento. Al cabo a mi hoy, me lleva el viento.

 

Los minutos pasan como horas y el momento tan esperado se toma la molestia de no aparecer. Me tiene aquí esperando en este diluvio de lamentos y nostalgia. Me quedan instantes para recordar por última vez, como la regué, como tiré todo por la borda, como empujé el éxito por un acantilado sin fin.

 

Estaba por empezar la semifinal. Faltaban no más de 25 minutos para que arrancara el partido. Los revendedores ya habían vendido todo, el estadio estaba por estallar. El estadio, mi segundo hogar, rugía con pasión. Más de mil gargantas desgarrándose con el único propósito de apoyarnos. Volamos hasta Los Cabos para el partido de ida; sacamos el empate a dos. Era el encuentro de vuelta  y con un gol de diferencia nos íbamos a la final, y al haber derrotado al 1° lugar en la semifinal, ascender a primera división iba a ser pan comido. La noche anterior a la concentración en el hotel me fueron a visitar. Ella y el viejo estaban ahí. Ella cancelo una “junta” para poder verme y el viejo voló desde Madrid para ver el partido. El entrenador, siendo bastante prudente, nos dejó ver a nuestros familiares una noche antes. Fueron a nuestro hotel y bajé desde mi cuarto para recibirlos. Charlamos un rato los tres y al cabo de unas horas ella tuvo que ir a casa de su socia por unos papeles. Aproveche el momento y fui al bar del hotel con el viejo por unos mezcales. Hablamos de mamá y de mis hermanos. Uno estudiando el doctorado en arquitectura, el otro recorriendo Asia con su mujer y la princesa de la casa con su nuevo negocio aquí, en la Ciudad de México. Hablamos de futbol, pero el viejo nunca fue pambolero, más bien me daba el avión. Al 4° mezcal cayó la primera lágrima. Mi madre le hacía mucha falta y ya no aguantaba la presión de estar solo. El nieto del Chato (el perro de la familia) no era suficiente compañía, pobre viejo, estaba en las malas. Con un fuerte abrazo y un nudo en la garganta le di las gracias por todo. Me deseó suerte para el partido y me dijo que me amaba. Me di la vuelta y antes de subirme a mi cuarto, me dijo algo muy pero muy cierto, me dijo que cada vez que mirara al cielo, aquella estrella brillante, iba a ser mi madre cuidándome desde lo más alto. Me rompieron esas palabras, me quebraron el alma pero me motivaron, me hicieron pensar, me hicieron cambiar. Le di un beso en su blanca cabeza y subí con el elevador a mi habitación.

 

La verdad es que no se qué carajos hacia ella en mi cuarto pero cuando entre, la vi con una bata blanca puesta. Sin que me diera cuenta, me dio la sorpresa y subió a mi cuarto para hacerme feliz y darme tranquilidad antes del partido. Fue la última vez, la última que por decirlo así, “completo” hice el amor. Tras unos minutos, ligeramente le quite la bata, y sin saber que era la última vez que tendría magia con ella, la recosté en la cama e hicimos el amor con pasión, con ardor, como dos jóvenes enamorados. Quería devorarme su cuerpo, la bese locamente y no paraba de tocar su escultural cuerpo.  Me tenía como perro a sus pies.

 

Esa noche con ella, con el viejo, fue significativa, me hizo pensar que al día siguiente, tendría que dar la vida en el campo, tendría que morir con la camiseta puesta, sacar la gloria del partido.

 

La tina esta casi helada, no aguanto el frío. Pasa de ser carmesí a ser un agua tinta. El dolor en la herida es algo terrible, quiero llorar y gritar pero no tengo voz, no puedo hacerlo. ¿Existirá un paraíso, un infierno? Solo sé que en este mundo mi guion, mi historia llegó a su fin, me sacó de mis casillas y voy por algo nuevo, paso a ser parte de otro mundo. Puedo ver a mi mamá por la ventana, en lo alto veo la estrella brillando y a su lado a la luna, tan hermosa como el amor que me traicionó, aquel que me exprimió y me dejó después del accidente. Al ver más estrellas pienso en mis hermanos, en mi hermanita y en mi padre. Pienso también con mis últimos pensamientos en mi tierra, en mi ciudad, en mi hogar. Recuerdo la leyenda que un día papá nos contó, “el cementerio de elefantes”. Cuenta la historia, que en sus últimos anhelos, cuando ya no tiene motivos ni fuerzas para vivir, un elefante, abandona a su manada y sabe perfectamente a donde tiene que ir para pasar en paz sus últimos momentos antes de morir, se relaja, se recuesta y solo espera a que el momento llegue. Por eso mismo se dice que el elefante va a su “cementerio”, porque sabe que es su destino, sabe que se aproxima su último suspiro.

 

Comenzó el partido… Minuto 17, tiro de esquina a favor. Remate por lo alto de nuestro central. Abrimos el marcador de la semifinal de vuelta. Pasaron varios minutos y prácticamente teníamos la primera división en la bolsa, pero con cualquier descuido, el club se hundiría en segunda división según lo que decía la tabla. Íbamos a escribir una nueva historia, por primera vez el club llegaría a primera división.

Minuto 87, desborde por la banda izquierda del equipo contrario. El lateral corrió por toda la banda y dejó a tres de nuestros jugadores atrás.

 

Sigo demacrado y sufriendo con rabia, lo único que puedo ver es el agua rojiza y la navaja flotando a mi lado. Sigo cual elefante, esperando el momento en su cementerio.

Cerró el rival por el borde del área grande y sacó un centro…

 

El dolor es presente hasta en mis dientes, mi pulso es casi nulo. Se sumerge poco a poco mi cuello en la laguna de sangre. Aunque así lo deseara no hay vuelta atrás.

Remate del centro delantero rival, hago mi esfuerzo, salto lo más alto posible para evitarlo. Casi me cruje el hombro de tal esfuerzo. Estiré el brazo demasiado para alcanzar el desvío.

 

Maldita. Sigue en mi mente, domina por completo mis pensamientos pero no la quiero tener ahí, no quiero pensar en esa traidora ahora, no quiero. No quiero.

Chocaron nuestros cuerpos en el aire. Golpe tremendo. Cabeza con cabeza. El balón bota dentro de mi arco y la barra se hunde en un tremendo silencio. El golpe de cráneos se escucho hasta las regaderas. Algo terrible, escalofriante.

 

Sobre el manchón penal estaba inerte mi cuerpo. Los del equipo rival festejaban como locos a segundos del silbatazo final. Estaba inconsciente. En efecto perdimos el pase, y en lo personal no solo perdí la gloria de llegar a las grandes ligas, perdí algo mas, algo que perdí de por vida. Solo tengo el vago recuerdo de los enfermeros levantándome del pasto semi-seco.

 

Actué de manera infantil. Era mejor esperar el balón parado y no salir como tonto. Decepcioné a miles, traicioné a cientos, les arrebaté de las manos la esperanza a aquellos que tenían aún una pizca de fe.

 

Desperté.

 

Tenía dos tubos de oxígeno en la nariz. Recostado en una camilla y con un exceso de anestesia que ni siquiera me dejaba sentir mis piernas. No sentía ni un solo dedo del pie. Escuchaba un leve susurro de mi padre. Hablaba con el médico. Sabía que ella se había ido, que me había dejado, que se había ido con otro. No podía con la presión ni con la tristeza de verme así.

 

Pasaron varios días y seguía en el hospital. Quería mis piernas de vuelta, la anestesia ya era algo molesto. Le pregunté al doctor que pasaba y fue ahí cuando llegó la mala noticia, que digo mala, la peor noticia. Exploté en un llanto tremendo. Un estruendo de lágrimas y berreos. Me arranqué el suero con coraje y al intentar ponerme de pie, supe que era verdad, no estaba alucinando, había perdido ambas piernas tras un tremendo golpe en la nuca. Después de un severo daño en el cerebro no había otra opción. Una parálisis total. No existía la supuesta anestesia, no las sentía porque en teoría no estaban ahí, se habían ido con el viento, solo quedaban un par de extremidades inertes.

 

Mi cabeza resbala por la tina, mi cuerpo se hunde por completo, todo parece cuadrar ahora.

 

Mi inerte e incompleto cuerpo dejó de interesarle, por eso me dejó. Me uso, maldita interesada, pero para que me miento, la perdono y la sigo amando. Mi niña, mi ángel, mi escultura, mi pieza restante en este rompecabezas.

 

Me preocupo por el viejo, que pensara de su cobarde hijo, de su torpe hijo. Lo decepcione en el partido, supongo. Pero cuando se entere que mi historia terminó aquí estará aún más decepcionado. ¿Comprenderá mi frustración?, ¿Qué dirá al saber que me quite la vida?

 

Cual elefante estoy en mi cementerio, sabía que el momento tendría que llegar. Decidí dejar a mi “manada”, a mi equipo, al viejo, a los hinchas, a mi estadio. Decidí cual elefante regresar a mi hogar, a mi tierra en donde puedo tener paz y tranquilidad para pasar a otra vida. Como lo hubiese hecho un elefante fui directo a mi casa para morir en santa paz, lejos de todo.  Sabía como los elefantes, donde culminaría mi existencia, donde la película terminaría. Era mejor partir, sin ella, sin mi club, sin mi pasión, sin mi trabajo, sin mis hinchas, maldito cobarde que soy. Sé que soy débil, este camino fácil es para cobardes. Pero ya terminó la pesadilla, no me queda más que soñar para siempre, sin tener que despertar. No queda más que sumergirme en el mar pero sin tener que salir a respirar. Cierro los ojos y dejo caer mi cabeza sobre la laguna carmesí, cual elefante me llegó la hora de partir, me encuentro en mi cementerio, en el pasaje a un lugar mejor.

Por: Federico Fabregas