Poema al fútbol

 

La ansiedad antes del pitazo inicial en el círculo central; condición única, de especie inimitable.

La impotencia del último chiflido, no por haber perdido sino por querer seguir jugando, viviendo.

El grito armónico de cien mil personas y de audiencia inagotable; aunado a Dios y a los veintidós.

Dos entrenadores sacrificando el pulmón, dos tarjetas, y un árbitro apretando el culo: por culero.

La alfombra más pisada y más limpia por la caída de sudor glorioso; en cada metro, un recuerdo.

Mismas reglas y medidas -no interesan-, perenne novedad; lo que se persigue, un nuevo paraíso.

¿Qué habrá sentido la cal cuando, tras la chilena, reventó sobre ella la espalda de Hugo Sánchez?

La red ¿cuánto se asustó después de que Zinedine tocó el más escondido punto de sus entrañas?

¿Alguna vez habrá sentido más amor un objeto, que un balón con las caricias del pie de El Diego?

¡Que detallista es Ronaldo por recordarle a la pelota que está de su lado! ¡Que creativo, Panenka!

En toda lengua, un mismo himno, dirigido por un solo orquestador -en una nota-: “El vals del gol”.

 

¡Tenemos un Poder Superior en esta tierra, de forma rectangular y dos cabezas! ¡Es omnipresente!

Aquél que por unos minutos vibró el latir del pasto, está listo para morir; desconocerlo, la muerte.

Este invento es el único momento donde los números hacen sentido; el noventa colapsa al mundo.

El diez ha sacado el llanto de varios a los que de orgullo colma; el uno, el cuidado contra todo mal.

El cero, altamente valioso, la espera del inicio da insomnio; postrado en el marcador, vergüenza.

Ni en la Iglesia se concentra la colisión de pensamiento, emoción, sentimiento, estrategia y dolor.

Ni en el noviazgo se acumula con tal fuerza la pasión, la fidelidad, la mancuerna, el amor y la vida.

Da gozo pensar en el que cimbró nuestra alma enseñando el tiro con chanfle, en ese maestro leal.

El que viste el deporte, usa armadura digna y pacífica: guantes, tachones, medias, gafete y casaca.

Ha temblado en la grada, diluviado en el campo, el estadio nevado, calor infernal: y el juego sigue.

Si queremos enamoramiento eterno y la descripción de la vida: que el fútbol nos de la explicación.

 

 

 

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Poema al fútbol

 

La ansiedad antes del pitazo inicial en el círculo central; condición única, de especie inimitable.

La impotencia del último chiflido, no por haber perdido sino por querer seguir jugando, viviendo.

El grito armónico de cien mil personas y de audiencia inagotable; aunado a Dios y a los veintidós.

Dos entrenadores sacrificando el pulmón, dos tarjetas, y un árbitro apretando el culo: por culero.

La alfombra más pisada y más limpia por la caída de sudor glorioso; en cada metro, un recuerdo.

Mismas reglas y medidas -no interesan-, perenne novedad; lo que se persigue, un nuevo paraíso.

¿Qué habrá sentido la cal cuando, tras la chilena, reventó sobre ella la espalda de Hugo Sánchez?

La red ¿cuánto se asustó después de que Zinedine tocó el más escondido punto de sus entrañas?

¿Alguna vez habrá sentido más amor un objeto, que un balón con las caricias del pie de El Diego?

¡Que detallista es Ronaldo por recordarle a la pelota que está de su lado! ¡Que creativo, Panenka!

En toda lengua, un mismo himno, dirigido por un solo orquestador -en una nota-: “El vals del gol”.

 

¡Tenemos un Poder Superior en esta tierra, de forma rectangular y dos cabezas! ¡Es omnipresente!

Aquél que por unos minutos vibró el latir del pasto, está listo para morir; desconocerlo, la muerte.

Este invento es el único momento donde los números hacen sentido; el noventa colapsa al mundo.

El diez ha sacado el llanto de varios a los que de orgullo colma; el uno, el cuidado contra todo mal.

El cero, altamente valioso, la espera del inicio da insomnio; postrado en el marcador, vergüenza.

Ni en la Iglesia se concentra la colisión de pensamiento, emoción, sentimiento, estrategia y dolor.

Ni en el noviazgo se acumula con tal fuerza la pasión, la fidelidad, la mancuerna, el amor y la vida.

Da gozo pensar en el que cimbró nuestra alma enseñando el tiro con chanfle, en ese maestro leal.

El que viste el deporte, usa armadura digna y pacífica: guantes, tachones, medias, gafete y casaca.

Ha temblado en la grada, diluviado en el campo, el estadio nevado, calor infernal: y el juego sigue.

Si queremos enamoramiento eterno y la descripción de la vida: que el fútbol nos de la explicación.

 

 

 

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